Relato de Casivisto y Sani

Un día decidió que ya no quería seguir siendo quien era. Se inven­tó una nueva personalidad. Se miró al espejo, ensayó gestos nuevos y moduló la voz para hallar un tono más acorde con el oficio que a partir de entonces desempeñaría. Compró telas de todos los colores y un sastre se las transformó en llamativos trajes. Sacó del armario su anterior ropa y la donó a la beneficencia. Ahora tenía un ves­tuario con el que no pasaría desapercibido. Como era miope, fue a una óptica y encargó que le hicieran una serie de gafas a medida, cuyas lentes tendrían forma de triángulo invertido. En una tienda de artículos de broma compró una veintena de redondas narices de goma. En el calzado optó por no seguir la moda del zapatón que se estilaba en su gremio y continuó siendo fiel a las chancletas. Haciéndose con una decena de pelucas tricolores y algún que otro complemento como guantes, calcetines o corbatas, ya es­taba listo para disfrazarse de payaso todos los días de su vida. La cara se la pintaba de blanco pero los labios cambiaban de color cada día, al igual que las gafas y la na­riz. La combinación que hacía de sus pantalones, chaquetas y camisas intentaba ser lo más estrafalaria que se pudiera. Con tirantes de plastilina, pantalones que pare­cían recortados de un mantel, camisa que en lugar de botones tenía cremallera horizon­tal y chaqueta que llevaba pegada unas teclas de piano se presentó a buscar trabajo en el único circo permanente de la ciudad: el Circo de las Hermanas Patiño. El em­presario que lo mantenía (que ni era hermana ni era Patiño) le pidió que demostrara sus habilidades y él improvisó unos cuantos monólogos hilarantes y, tocándose las te­clas, bailó la desternillante coreografía de una tarareada canción. Su desparpajo y su comicidad gustaron y le hicieron un contrato. Para sorpresa del empresario y sus socios, el día que lo firmó volvió a aparecer disfrazado de payaso. Cuando le preguntaron por qué no iba vestido de calle y enseñaba su verdadero rostro, él les contestó que ya iba vestido de calle y que aquél era su verdadero rostro. Pronto supieron que aquel payaso era más excéntri­co de lo que se les supone a estos divertidos artistas. El nombre que concordaba con su identidad decía bastante de su sentido del humor, se hacía llamar Casivisto. Porque hubo un tiempo en que se sintió invisible para el resto de la gente, porque habrá un público que siempre verá algo nuevo en él. Además, Casivisto era único. Fusionaba su trabajo con su vida privada. Casivisto era siempre Casivisto, no distinguía unas ocasiones de otras. Era payaso desde que se levantaba hasta que se acostaba. Era payaso en el bar, en el parque, en el supermercado, en cualquier rincón. Era payaso porque quería darse una segunda oportunidad.

El circo era modesto en infraestructura y pretensiones, no contaba con animales ni sadomasoquistas. Había un único artista por cada especialidad del espectáculo. Pero, afortunadamente, era un si­tio de culto y siempre tenía un público asegurado. Siempre complace ser entretenido. Casivisto era arriesgado, salía a escena sin preparar ningún número, lo fiaba todo a su espontaneidad. Lo mismo se reía de su torpeza al tratar de modelar minúsculos castillos de serrín que se ponía a hacer malaba­rismos con los zapatos de los espectadores mientras recitaba indescifrables poemas. El funambulista, la trapecista y el mago le evitaban. Su verborrea torrencial, su rit­mo frenético y su comportamiento atosigante les aturdía. El hecho de no saber quién se ocultaba tras el disfraz y no poder reco­nocerlo sin él, le daba un halo enigmático al personaje, que atraía al público e irri­taba a sus compañeros y jefes. A veces, solía sacarles de sus camerinos con artimañas y los plantaba en mitad de la pista para que interactuaran con él. El espanto de sus colegas no era nada fingido, y el resultado de ver perder los estribos al mago por culpa del payaso que desbarataba sus trucos provocaba las risas del público. Luego le reprobaban su conducta pero la función había sido clamorosamente ovacionada y para eso recibía un salario, para producir jolgorio y desmadre sobre el escenario.

 

Casivisto era contrario a plegarse a unas normas, a distribuir el humor en parcelas con tabús. Para él, el humor debía abarcar todos los acontecimientos de la existencia. Le gus­taba ser disparatado, sarcástico y contagioso. Siempre decía que las últimas palabras de su vida las consumiría en contar un chiste. Su forma de ser le hacía sentirse absolu­tamente libre, pero también le causaba enemistades. Él prefería tener libertad a tener amor. Por lo menos, en su etapa circense. Por lo menos, hasta que conoció a Sani.

Sani estaba en la primera fila un domingo por la tarde. Era una chica de veinticinco años,de escasa estatura pero de amplia hermosura. Casivisto estaba con un micrófono en la mano y la invitó a mantener una conversación desenfadada con él, donde hablarían de lo humano y lo divino mientras harían el pino. Sani, que era una tía decidida y con carácter, salió a la pis­ta y le demostró a Casivisto que sabía estar a la altura de su socarronería. Los focos les iluminaban a ellos dos, los quinientos espectadores que había aquel día iban a pre­senciar, sin saberlo, el comienzo de una amistad muy profunda.

 

– ¿Cómo te llamas?.

– Me llamo Sani.

– ¡Sani!, ¡qué casualidad!, ¡como tú!. ¿Y de dónde viene Sani?.

– De mi pueblo.

– ¡Claro!, ¡de tu pueblo!. ¿Sabes qué es lo que más me gusta de tu pueblo?.

 

 – No.¿Qué?.

– Lo que más me gusta de tu pueblo es el cartel donde pone ”Salida”.

– ¡Si te oyeran mis paisanos te echarían al pilón!.

– Pues pido disculpas rechinantes a tus paisanos. La verdad es que quiero mucho a tu pueblo. Empecé allí mi carrera artística vendiendo bizcochos con morcilla y galle­tas con flúor.

– Yo también tengo carrera artística.

– ¿Ah, sí?. Cuéntanoslo después del anuncio.

– ¿Qué anuncio?.

– Anuncio que renuncio a mi matrícula de la bicicleta por una matrícula de honor.

– ¿No tienes honor?.

– Una vez lo tuve y lo perdí jugando al dominó.

– Por una vez, Casivisto no dominó el juego.

– Es que nunca había jugado al dominó por correo. Hubo muchos chanchullos. Enviaba una ficha y recibía un cubito de hielo disecado. Esa manera de jugar me dejaba frío, todas las parejas que planteaba eran incompatibles.

– Pues, para que entres en calor, te digo que puedes recuperarlo si alguien te dice: “Es un honor conocerte”.

– ¡Y yo sin saberlo!. ¿Me lo dices tú?.

– Es un comodín conocerte. Ya sabes, la palabra” comodín” puede ser la que quieras.

 

– ¡Cómo aprendo contigo!. Oye, Sani, ¿pitufamos?.

– Por correo, quizá. ¿Te hablo de mi carrera artística?.

– ¡Sí, hija, sí!. ¡Promociónate ante tus admiradores!.

– Soy una artista versátil y estos días expongo mi obra en el Birloque. Hago cuadros, esculturas, instalaciones conceptuales…

– Un todo de poco.

– Lo bueno si es breve…

– …a  fascinar se atreve.

– ¡Sí!. Os fascinará mi obra. ¡Venid a verla!.

– ¿Pero qué es esto?. ¡Me estás eclipsando!.

– Todos tenemos derecho a saciar nuestra vanidad.

Todos deseamos pasar a la posteridad del póster.

-Bueno,yo en realidad,humildemente,sólo deseo ser una gran artista y una gran persona.

-Como bien desconocerás,es más fácil ser un gran artista que una gran persona.Y viendo tu obra seguro que llegamos a la conclusión de que eres una gran persona.

-¡Qué gran artista eres!.

 

Un momento especial. Hubo química. Ni acordándolo de antemano con un cómplice hubiera salido más sustancioso el principio de este diálogo que captó mu­cha atención y capturó alguna risa. Sani fue respondona con el payaso que iba predispuesto a avergonzarla. Él soltó una frase tras otra sin calibrar el sentido que adquirían al contraponerlas con las de ella. Ése es el estilo de cada uno: ser brava y ser desconcertante. En algo vital coinciden: hablan sin recapa­citar en lo que van a decir. Así los diálogos son más sinceros, porque siempre tendemos a la autocensura y eso coarta nuestra libertad de expresión e impresión. Lo ideal es que los artistas siempre digan lo que piensan. Sin prejuicios. ¿Con perjuicios?. Posi­blemente. Pero también habrá redención en la intención. ¿Qué dijo Sani?.

– Para ser mi mejor amigo no te bastará con tus acrobacias  verbales.

– Me bastará con que me saque el título de patrón de trombón.

– ¿Y si me haces piruetas con las piruletas?.

– ¿Y si te meto a un bobo en un globo?.

– ¿Y si dejas el circo y te vienes conmigo?.

 

La concurrencia abucheó la ocurrencia de Sani. Casivisto, todo re­cursos, instó a sus seguidores a que respetasen a la chica que le insinuó semejante infidelidad.

 

– No abucheéis, amigos, que la acústica de este templo se resiente. Y dime, Sani, ¿qué ob­tendría a cambio?.

– ¿Qué obtendrías en qué?, ¿en lo crematístico o en lo cromatístico?.

– En lo cromatístico me luzco más que el arco iris.

 

– ¡Sin duda!. No habrá un payaso con un colorido como el tuyo. ¿Cómo me ves? .

– Hoy te veo verde porque llevo gafas verdes.

– Y la nariz negra y los labios morados.

– ¿Y qué haría yo sin el circo?, ¿y qué harían todos estos amigos sin mí?. ¡Soy el alma de este antro!.

 

El público prorrumpió en aplausos y coreó su nombre. Sani no se amilanó.

 

– A mí me gustaría meterte en otro ambiente, presentarte a nuevas personas con las que te sentirías identificado. Me gustaría tenerte de socio. Puedes seguir siendo payaso por donde yo me muevo.

– ¡Yo siempre seré payaso!. Vestido de raso si contigo me caso, con cuarenta grados o con gradas solitarias, en la mordacidad y en la caricatura. Indagando en lo grotesco y explayándome en arrumacos. Mis únicas pertenencias son mis impertinencias.

– Tu locuacidad y tu loca acidez conectan muy bien conmigo. Nos parecemos.

– Funciono a ratos.

– Funcionas a retos.

– ¿De verdad  me quieres de compañero?.

– Define la palabra compañero.

– Compañero es aquel que soportará tus manías, aquel que elevará tu autoestima,aquel que barrerá la porquería de tu alrededor para que tú resplandezcas.

 

 

– ¡Pues sí!. Si eso entiendes tú por compañero, quiero que seas mi compañero.

– Dame tres kilómetros para pensármelo.

– ¡Vale!. ¡Pero cuesta abajo!.

– ¿Por qué no te pasas luego por mi camerino y me concretas lo que me propones?.

– ¡Ahí estaré!.

 

Lo que le pedía Sani era que colaborara con él, que compartiera con ella su creatividad, que proyectaran obras artísticas juntos. La fama de Casivisto cotizaba al alza. Muchos pagaban la entrada sólo por ver­le a él. Él también sentía devoción por la gente que le aclamaba. Nunca hacía dos actuaciones iguales, se esmeraba en no ser redundante, ponía énfasis en estar radiante. A veces pintaba un cuadro inexplicable o se inventaba una ópera con los espectadores de teno­res y sopranos y él de único músico agitando unas castañuelas. Su capacidad para generar entre­tenimiento era inmensa. Por eso Sani deseaba trabajar con él, porque a su juicio no sólo era el mejor payaso de la ciudad, sino que era el mejor artista de la ciudad. Su soltura y sus resortes para apabullar con su imaginación eran infalibles. Era un creador total. Fomentaba con ahínco la fantasía, quería que todos se impregnaran de ella. Casivisto era todo un aliciente para Sani, había calado hondo en ella. Y también había sucedido lo contrario. Ella le deslumbró con su ingenio y su procacidad. Es cier­to que se parecían. Y puede que se estuviera perdiendo un montón de experiencias por enredarse con menos gente de la que podría. Adoraba el circo, pero irse con Sani le ofrecía algo nuevo: una aventura. Y la posibilidad de fraguar una relación que podía llegar a cambiarle como persona. ¿Deseaba cambiar?, ¿deseaba sabotear su espíritu bufonesco?. No podía tratarse de esto último, la sátira nunca la dejaría de lado. Allá donde fuera, tendrían que aceptarle como era. Quizá se encontraría con individuos poco proclives a entender su humor. Podía ser atacado. El miedo con Sani sería medio miedo. El miedo podía desaparecer en un truco del mago. Su coraza se estaba resquebrajando, su corazón estaba trabajando. Con Sani había sentido una chispa, un placer al que quería seguir la pista… en otra pista.

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